
Una hora escasa de deleite musical para el respetable, que vociferamos al unísono los clásicos y pudimos corear consignas políticamente incorrectas sin que ningún izquierdoso biempensante nos recriminase tal falta de decoro. Cuanta puta y yo que viejo. Vienen sus amigos, pero me da igual: son unos hippies, y los voy a matar. Que gusto!
Julián Hernandez estuvo comedido con las terroríficas arengas que suele introducir entre tema y tema. Por una vez, estuvo hasta ocurrente.
Con ¿quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? terminó el recital. Justo delante de mí, un chico con el uniforme de punk reglamentario (versión verano, sin chupa claveteada) blandía una botella de calimocho, y coreografiaba con mejores intenciones que resultado el estribillo. Porque él, y muchos de los que estuvimos ayer en la Plaça Reial seguimos preguntándonos, tras veinticinco años de seguir al quinteto de Vigo, si somos alma, si somos materia o somos solo fruto del azar. Si es fiable el carbono catorce, o es nuestro antepasado el hombre de Orce.



















