A veces veo muertos
Cuenta Mascha Schilinski, la directora, que a principios del siglo pasado la fotografía era un lujo. Cuando moría un familiar se acostumbraba a hacerle una foto o un daguerrotipo rodeado de sus allegados. Como las cámaras de entonces necesitaban mucha exposición, al final el único personaje que salía enfocado era el cadáver. El resto, sobre todos los niños, éramos fantasmas velados.
La cinta quiere ilustrar eso que llaman transmisión transgeneracional, proceso mediante el cual se heredan patrones, traumas, secretos, creencias y conductas de antepasados a descendientes. ¿Quién no ha sospechado de algo parecido a través de una vida?
Dicho todo esto hay que reseñar que la duración es totalmente excesiva, un fenómeno que aqueja sobre todo a escritores y últimamente a cineastas. Se trata de un ensimismamiento un tanto pagado de sí mismo en autores que se solazan con su propia obra y no saben medirse. Como decía un amigo editor, "si hubiera tenido más tiempo, lo hubiera hecho más corto".
Por lo demás, magnífica fotografía que tira del formato 1:1 y de un pixelamiento buscado, mucha cámara al hombro, con excesiva dependencia de una antigua granja del este de Alemania que susurra demasiadas historias.
Por cierto, no solo se heredan los bienes. También se heredan los males.
alfonso
